La paradoja es absoluta: mientras figuras como María Patiño critican ahora a Alba Carrillo por su falta de profesionalidad en la cadena pública —olvidando, quizás, que ellas mismas fueron defensoras de los mismos rostros que hoy cuestionan—, la audiencia asiste al agotamiento de un modelo de televisión basado en el conflicto perpetuo.
Alba Carrillo se siente víctima de un “machismo encarnizado” y de un sistema que, según ella, la despidió mientras mantenía en plantilla a hombres en situaciones similares, como ocurrió con el escándalo de Jorge Pérez.
No obstante, el repaso a la hemeroteca revela que el problema podría ser más profundo: una incapacidad sistemática para convivir profesionalmente en cualquier entorno que no sea el de la máxima tensión.
Al final, el público español parece estar cerrando un capítulo donde las verdades absolutas de las docuseries y los arrebatos de ira en los pasillos ya no son suficientes para sostener las audiencias, dejando paso a una etapa de reconstrucción de credibilidades donde, por ahora, Rocío Flores parece estar ganando la batalla del silencio y la resiliencia frente al ruido de sus antiguos detractores.





